5 placeres invisibles al viajar

Viajar es ayudar a tu mente a materializar las emociones que tienes al leer.

Viajo mucho por trabajo. Son viajes cortos con poco tiempo libre. Aprovecho las tardes y días libres para caminar las ciudades y encontrar cosas interesantes, sin planeación, sin la urgencia de conocer lo turístico. Recientemente fuí a Brasil, Portoalelgre. No es la primera vez y la mayoría de cosas “planeadas” que quería conocer estaban cerradas, así que no me quedó otra que dejarme llevar por la ciudad. 

Descubrí 5 experiencias que me emocionan mucho al viajar.

Alegrar a alguien cuándo sabe que eres de México

Esto es algo que me pasa frecuentemente en países que no son anglosajones. Sentir que las personas tienen admiración por tu país de origen es una experiencia que te llena de orgullo.

Fuí a Brasil a hablar de movilidad y desigualdad. Es la primera vez que doy una conferencia en español ante un público que no lo habla, pero que hicimos juntos el esfuerzo por entendernos. Esa fue mi primera grata sorpresa, estar en un contexto donde dos culturas dejan de lado el idioma como barrera.

Al siguiente día caminé mucho por la ciudad, en un semáforo una señora me pidió la hora de forma muy abrupta, se notaba que llevaba prisa. Levanté mi mano y le mostré mi reloj. Ella un poco molesta me dijo: “Uy, no veo”, en la prisa sacó sus lentes y yo en español le dije “son 20 para las 8”. Ella se quitó los lentes, abrió sus ojos grandes y gritó – “¡Vinti pra’s OITO!, ¿¡De dónde eres!?, – México. Me abrazó y cruzando la calle con prisa me grito “¡Bem Vinda!” Imposible que algo como eso no te deje caminando con una sonrisa en la boca.

Incorporar tu cotidianidad en otro país 

Este viaje a Brasil me cerró las posibilidades de conocer cosas turísticas. Muestra de la obra de Niemeyer en el edificio del Ayuntamiento, CERRADO. Muestra de maquetas de la obra de Niemeyer en el museo diseñado por él, CERRADO. Cena en el solar de la cerveza Coruja, CERRADO. Barrio central para buscar librerías y tiendas de artículos tradicionales, CERRADO. Quedarse en una ciudad no turística en fin de semana no era una buena idea. En cierto sentido me sentí liberada de hacer lo que un turista debe hacer: conocer lo más que puedas.

Ese tipo de viajera lo fui al inicio de mi vida independiente. Mi primer viaje fuera del país lo hice con mucho esfuerzo, el mínimo de dinero y una lista interminable de cosas y experiencias que quería tener. Museos, lugares, arte, fotos, comida. Salía a las 7am y no regresaba hasta las 10 pm, se me hacía corto el día. Viajaba con mis libros de arte y arquitectura (antes de la era internet) para no perder los detalles. Era un frenesí de comerme lo más posible una ciudad por que lo más certero era que no regresaría jamás.

Afortunadamente la vida por trabajo me ha regresado a muchos de esos lugares y la ansiedad por ver todo se ha convertido en la certidumbre que, aún solamente sentada en una plaza observando a la gente puedo ser testigo de algo extraordinario.

Hay un cierto placer en recrear tu cotidiano en otro país, en otra ciudad. Portoalegre había decidido que cerraba todos los lugares que quería conocer justo los días que podía visitarlos. Sin otra alternativa, pedí al taxi que me dejara en medio del barrio central: – Pero ¿a dónde va?, – No se, solo déjame donde sea, caminaré, – No, pero mejor te llevo al hotel, – Tranquila, no pasa nada, déjame aquí y camino.

Finalmente entré en un café, me senté frente a la ventana para escuchar los ruidos tradicionales del barrio, saqué mi libro y me puse a leer. Quizá pasé dos horas así, con mi mente imaginando lo que leía, en un ambiente con aroma a café, escuchando los ruidos cotidianos de una ciudad extraña.

Hace un año visite de nuevo Venecia, que fue mi casa por 4 años. Lo que hice fue recrear mi rutina cuando vivía ahi. Llegar a la casa donde viví, buscar mi bar / cafetería favorito para tomarme el capuchino y el sucker que siempre pedía, recorrer el camino hacia la universidad, buscar el balcón de la biblioteca, pasar por un helado atrás de “Los Frailes”, ir al Campo Santa Margherita donde tomábamos la pizza “al taglio, al volo”, un pedazo de pizza y seguir caminando, ir a “Le Zattere” y en el mismo puesto de siempre pedir un “toast” o sandwich de queso y un “Spritz all’Aperol”, mientas descansas a ver los barcos pasar, regresar a la librería de la facultad de arquitectura para ver que nuevos títulos podías encontrar, para finalmente atravesar el Puente de los Descalzos, regresar a la estación de Santa Lucía y dejar Venecia una vez más.

Incorporar ese cotidiano, el tuyo y el de la ciudad en un solo momento es mágico, y no está en ninguna de las recomendaciones de un Lonely Planet.

Comer comida tradicional en las experiencias inesperadas del barrio

Los frijoles y el arroz es algo que encuentras en toda la comida tradicional en latinoamérica y un poco más allá. Comerlos en las formas y combinaciones particulares en cada país es extraordinario, particularmente si puedes hacerlos en los lugares que frecuentan los locales. En Brasil desayunar un pan de queso es delicioso. Es verdad que ahora los encuentras en cualquier Starbucks, cafetería o panadería fuera de Brasil, pero no es lo mismo. También sucede con la tapioca, la farola, los frijoles (y su frijolada), etc.

De Brasil mi favorito es el famoso “escondidinho”. No recuerdo cómo lo conocí, pero creo que lo como cada vez que tengo la fortuna de visitar Brasil. En esta ocasión, tomaba café en un bar mientras leía y esperaba que llegara la hora de ir al aeropuerto. Del bar solo esperé encontrar pan y sándwiches. No buscaba nada tradicional, quizá algo de verduras para no arriesgar mi estómago, hasta que en la carta ví “Escondidinho”.

Logré esa sensación de sorpresa inesperada, de ganas guardadas de comer este manjar. Un platillo tan tradicional como humilde en su creación. Es parte de la nostalgia de la comida de casa hecha por la mamá en la infancia. Carne seca en trozos, escondida debajo de un puré de mandioca y queso gratinado encima. Sencillo, gustoso y sorprendente.

“Escondidinho”

Eso pasa en los viajes no planeados, cuando tu mente está abierta a que todo o nada pueda pasar y aún así considerar que el viaje vale la pena. Para mi era casi el final del viaje y esta sorpresa escondida en el menú de un café me fascinó.

Escuchar a Tom Jobim en Brasil

El congreso brasileño de arquitectos cerraba sus actividades con música en la plaza principal de la ciudad. El último día, después de caminar por horas bajo un tremendo sol con los converse que terminaron lastimándome, terminé el día viendo el atardecer en un barco en medio del mar, ambientado por música popular brasileña entre pop y regueton. En búsqueda de la música prometida, me compré un guaraná frío y llegué a la Plaza. Tocaba un grupo dirigido por un arquitecto. Los integrantes eran todos miembros de su familia. Bermudas cafés, camisa azul “brasil”, apariencia nerd muy hipster. La capacidad de los brasileños en hacer y tocar música es increíble.

Gilberto Gil decía que Oscar Niemeyer diseñaba haciéndole honor a la cadencia de las montañas de Rio de Janeiro. Sus formas curvas, caprichosas solo emulaban las ondas de la naturaleza, las montañas, los vientos, las olas del mal, las formas caprichosas de la area y el cuerpo de una mujer. La música brasileña, particularmente la jazz y bossanova mantienen este ritmo que imita la forma de la vida. Aún en las nuevas generaciones, esta capacidad de hacer magia con la música sigue intacta. Escuchar al grupo en la plaza era pensar en eso, cómo esa facilidad está en su ADN y sin poderlo explicar te desconectan del mundo terrenal y tu cuerpo comienza a moverse como olas del mar, hasta que empieza una versión actualizada de Aguas de Beber, del gran Tom Jobim, entonces tu corazón escapa un latido: es escuchar una canción de Tom Jobim en Brasil.

No es la canción, no es su mejor canción, no es la versión. Es una sensación difícil de explicar. Escucharla en el país que la inspiró, imaginar que Jobim la tocó en la misma plaza donde tú estas, una melodía que partió del interior de un artísta y se convirtió en un legado internacional que llega a ser parte de tu soundtrack de vida porque tu mamá era la hipster de turno. ¿Cómo es posible que tantos corazones se puedan mezclar en un ritmo conocido, inspirando en esta tierra que pisas? Es como llegar al epicentro, al punto de origen, compartir a través del tiempo la misma vista del atardecer, pisar las mismas baldosas, terminar tu día escuchando una canción que nació en esta tierra.  No busqué esa experiencia, sin embargo te atrapa por sorpresa y es fantástica.

Un placer invisible es buscar los epicentros aquellas cosas que admiras o que son parte de la historia, encontrar los lugares, ver los detalles del entorno que puedes sentir cómo la luz, el viento, el sonido de los pasos, la temperatura de un material. Cerrar los ojos y transportar tu mente al momento histórico donde algo que admiras está siendo creado, transformado por la historia. Verte ahí, en medio de esa escena. Saber que quizá esa luz, el viento, los pasos, el tacto frío de un material o los sonidos y melodías las escucha también quien ha creado aquello que admiras. Es un viaje en el tiempo y la memoria personal que solo puede se activado por tu presencia física en el lugar de origen.

De experiencias así recuerdo algunas: Cerrar los ojos y tocar el mármol frío de las columnas de colores en la Basílica de San Marco pensando las historias que contó Marco Polo para poder llegar hasta Venecia, o sentarme en la plaza frente Escuela Grande de San Rocco a tomar un helado imaginando como Vivaldí salía y entraba mientras componía sus Cuatro Estaciones. En Berlín después de la experiencia sensorial que te ofrece el museo judío diseñado por Libeskind, busqué para contrarrestar la experiencia el lugar donde estuvo el búnker de Hilter, hoy un estacionamiento un lugar sepultado por la sociedad alemana, sin más señalamiento que un letrero inadvertido. Cerrar los ojos y pensar que abajo de tus pies se decidieron los crímenes que la humanidad no debe olvidar. Entrar al Cavern Club en Liverpool para escuchar un tributo a los Beatles, tomar café en Ipanema debajo del departamento donde tenía su estudio Niemeyer, o sentarte en el primer escalón fuera del monumento a Abraham Lincoln, con la misma vista que Martin Luther King tenía al dar su discurso. Tocar las piedras calientes al pie de las pirámides de Giza, caminar por las calles estrechas de Florencia en el barrio donde Dante pisando las mismas baldosas que tu, imaginaba en su cabeza nuevas palabras que formarían base de la lengua italiana moderna, caminar por la banqueta frente a Central Park donde asesinaron a Lennon.

La última experiencia que me recordó esa emoción fue escuché “El Sinaloense” en Sinaloa, me hizo brincar de mi asiento cuando me dí cuenta que era la primera vez que la escuchaba en su epicentro, o cerca.

Sin duda buscar ese momento vinculante entre la memoria y tu presencia física en ella es algo que vale la pena cualquier viaje.

Saber que a pesar de ser estancias cortas, puedes volver a hacerlo

Mi abuelita me decía que la vida dejaba de tener sentido cuando las personas perdían su capacidad de asombro. Pensaba en eso todos los días, qué significa renovar tu capacidad de asombro, encontrar las experiencias que hacen que tu corazón salte un latido y se acelere porque algo inesperado está pasando.

No importa si es a 30 o a 13 mil kilómetros de distancia de tu casa. Aprender a encontrar estos momentos es un ejercicio constante, sin importar cuánto tiempo puedas sumergirte en una realidad distinta a la tuya. Viajar te da esa posibilidad, es como entrar a un multiuniverso que a través de una dimensión mágica te transporte hacia ahi.

Sean estancias cortas o largas, viajar hacer que tu realidad se detenga y accedes a otra en forma de sueño.

Algo que me encanta después de salir de viaje, particularmente en lugares con culturas y lenguas diferentes es regresar a México. Cuando desde el avión te anuncian que se acercas a la Ciudad de México, ese monstruo de ciudad que tardas cerca de 15 o 20 minutos sobrevolando un área urbana que parece no tener fin. Es llegar a casa, cuando tus sentidos de alerta descansan, no harás filas interminables, no llenarás ningún formato de migración, tu acceso a internet ya es regular, esa noche duermes en tu cama.

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