Ver la ciudad desde otros ojos

Un texto invitado de Dana Corres para #AnatomíaDeLaMovilidad

 

Yo tenía 22 años cuando cuidé por primera vez de mi abuela materna debido a una fractura de cadera. Albertina era como mi mamá y fue algo que no me costó trabajo hacer; mi amor por ella era inmenso. Un par de años después cuidé también a mi abuelo paterno de un cáncer fulminante en los pulmones. Vi su cuerpo adelgazar, sus pasos hacerse más lentos, las llagas formándose en las partes de su cuerpo que permanecían inmóviles y donde la piel era cada vez más delgada… En su última tarde, recuerdo con claridad darle gajos de naranja en la boca. Comía lento, muy lento, porque estaba ausente de fuerzas y porque el tumor en el pecho hacía cada vez más difícil el respirar y comer. Mi abuelo, un hombre fuerte de más de 90 kilos, que caminaba todas las mañanas de su casa a la panadería para que desayunáramos bolillos con crema calientitos, y que a su paso saludaba a una decena de personas, pasó sus últimos meses postrado en un sillón (no podía estar acostado porque el tumor que crecía en su pecho le aplastaba de tal manera que respirar era un suplicio). Ambos murieron con menos de un año de diferencia.

Con esa experiencia aprendí cómo se ven los cuerpos viejos, cómo se arruga la piel, cómo se cambian pañales de adultos, los olores del cuerpo, limpiar llagas; conocí los olores de la carne que se descompone y los del material médico. Cuando era niña, era yo la que tomaba el brazo de mi abuela o de mi abuelo cuando caminábamos en la calle y, ya siendo adolescente y ellos ya grandes, aprendí a poner el brazo en posición de descanso para que ellos fueran quienes se pescaran de él.

No sólo eso: aprendí las minucias de la silla de ruedas, de bañar a alguien; conocí todos esos artefactos que se usan para el cuidado de las personas mayores. Entendí lo difícil que es para una persona enferma, mayor y débil, subir un escalón de 5, 10 o 15 centímetros.Hoy mi abuelo materno está más o menos así, postrado también en una silla de ruedas. Su vida entera fue ir de la casa al trabajo en una de las ciudades más grandes del mundo: la Ciudad de México. Para cuando se jubiló, su deseo más grande era irse a la casa que había comprado y construido a lo largo de 30 años y a la que viajaba cada ocho días a descansar de la ciudad. Cuando llegó a los 65, se fue a Tetepango y se dedicó a leer. Dejó de salir y de convivir con la gente y su única compañía era mi abuela.

Quince años después, vino la demencia senil y la disminución paulatina de las capacidades de su cuerpo. Mi abuelo, desde muy pequeño, había padecido poliomielitis. Siendo el menor de todos los hijos e hijas, sus padres y sus hermanos volcaron todas sus fuerzas en su recuperación. Contra todo pronóstico y con unas piernas delgadas y débiles, mi abuelo nadó en mares y albercas (entre sus anécdotas más interesantes está la de nadar en Acapulco con Johnny Weissmuller, el Tarzán alemán), anduvo en bicicleta, caminó sin bastón o muletas gran parte de su vida, se casó, tuvo hijos e hijas; hizo de todo. Con la edad y con una reclusión autoimpuesta, sin embargo, su vida cambió por completo, y a diferencia de mi abuela, quien aún camina todos los días un par de kilómetros a modo de ejercicio, mi abuelo se acaba de romper el fémur, y al igual que mi abuela materna, perdió la posibilidad de caminar. Hoy, mi madre y mi abuela le cuidan; entre el amor y ser quienes pueden hacerlo.

Mi sobrina Jimena tiene 2 años. Odia que la tome de la mano en la calle, prefiere caminar delante de mí y, al hacerlo, camina como bailando. Se le nota feliz porque balancea los brazos adelante y atrás. Verla caminar y cruzar calles es de las cosas que más libertad y satisfacción me dan en la vida. Pienso en todos los niños y niñas cuyo descubrimiento más grande, cuando son tan pequeños, es caminar, y pienso en todo lo que significa para ellos y ellas mover los pies y fortalecerlos de tal manera que sus piernitas sostengan sus cuerpos. Pienso, cada vez que veo los piecitos gorditos de Jimena al subir una banqueta, en lo difícil que es subirla para unas piernas de menos de 50 centímetros de alto y, a la vez, pienso en mi abuela cargando la silla de ruedas de mi abuelo, y en cualquiera de mis abuelos que, enfermos, no pueden aspirar a caminar la calle. Qué ironía que tus piernas den libertad y que la calle sea una jaula.

 

Para algunos teóricos, estamos viviendo la segunda transición democrática, un proceso de urbanización parecido al que vivimos con la Revolución Industrial: vivimos más años, el modelo hegemónico familiar está cambiando, hay un envejecimiento de la población, cambios en nuestros ciclos de vida, otros estilos de vida, más personas solteras, mayor edad para contraer matrimonio o para tener hijos e hijas, más mujeres integrándose a la vida productiva y al empleo (formal e informal, porque hay un sistema económico que lo demanda y porque también hay un proceso de cambio en los roles de género, derechos de las mujeres, etcétera), migraciones a nivel global en dinámicas cada vez más complejas (y no sólo de lo rural a lo urbano, como viene pasando desde hace siglos), familias con cada vez más mujeres jefas de familia, entre otras. Es imposible hablar de la gente si no hablamos de las ciudades, que es donde vivimos casi todas las personas que habitamos este planeta y en dinámicas cada vez más complicadas: violencia de género, inseguridad vial, desigualdad socioeconómica, segregación espacial (pobreza aquí, riqueza allá).
Vivir feliz y dignamente, aunque una utopía, debe ser un objetivo para los que estaremos aquí las próximas décadas y para los y las que vienen detrás de nosotros: hijos, hijas, nietos, nietas, sobrinos, sobrinas… Hay datos que son reveladores: el 55% de las personas en el mundo viven en las ciudades. El continente con más población viviendo en zonas urbanas es América (con el 80% de la población viviendo en ciudades). Poco más del 50% de la población urbana son mujeres. La expectativa de vida se está elevando a nivel mundial: seremos la generación con más personas octogenarias y nonagenarias en la historia de la humanidad. Las mujeres vivimos, entre seis y siete años más que los hombres.
Las mujeres somos, debido a la división sexual del trabajo, cuidadoras, lo que significa que, en las próximas décadas, seremos cuidadoras… cada vez de mayor edad. En los países latinoamericanos, las mujeres mayores superan en número a sus homólogos masculinos en casi dos a uno: en Asia, por cada 150 mujeres mayores hay cien hombres.
Pienso en estas cosas muchos días de mi vida, no sólo porque me dedique al tema o porque me preocupe, sino porque también, desde ser quien soy, pienso en todas las implicaciones de ello. Soy mujer. Desde esa experiencia pienso muchas cosas: ¿tendré hijos e hijas? Si les tengo o no, ¿quién cuidará de mí en mi vejez? ¿Cómo será cuidar a mi padre y a mi madre? ¿Cuidaré a mis hermanas y a mi hermano? ¿Podré llevar una vida independiente y caminar la calle, ir al mercado, ir al cine? ¿Será fácil hacerlo?

Hoy, cuando miro los últimos años de mis abuelos y mis abuelas, cuando camino por la calle sin una discapacidad y veo, inefable, a aquellos que no son mis abuelos y abuelas, pero que seguro lo son de alguien más, me pregunto por qué están en la calle padeciendo los cruces y las banquetas, y la precariedad que trae consigo la edad. ¿Es absolutamente inescapable esa experiencia? ¿Qué tengo que hacer desde mis 30 años para escapar de ella? ¿Qué puedo hacer para no ser egoísta y que escapemos todos y todas de esa precariedad?

Pero pienso en la ciudad que ven los ojos de mi sobrina y quiero que no se vea tan grande y tan imposible. Y pienso en los ojos de mis abuelos y abuelas, y en la ciudad que les tocó ver y en la ciudad que ya no verán. Espero que la ciudad que yo vea a los 80 años sea más fácil. Espero poder andarla en silla de ruedas o con bastón. Lenta pero segura y confiada en que voy a poder disfrutarla.
Dana Corres, Liga Peatonal
@Dana_Corres

Del libro “Anatomía de la Movilidad en México

Capítulo 3. Políticas de movilidad: entre el derecho a la ciudad y la transformación de un país. La voz a la ciudadanía

  1. Hola!
    Tengo duda de quién es la autora del texto, porque no es claro en la publicación

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    1. Dana Corres. Lo pongo más evidente al inicio. Gracias por la observación.

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